Las lecciones de las elecciones
Claridad en la Nación
Luis Rey Quiñones Soto/Especial para Claridad
¿Hubo un jardín o fue el jardín un sueño? J.L. BorgesPasado el cortejo de euforias y frustraciones del proceso eleccionario, parece prudente detenerse a cavilar sobre un hecho muy presente en las últimas elecciones que se han celebrado en el País de 1992 a 2008.De aquella cita a estos ratos, en el entorno de un desenfreno consumista, ha emergido una conciencia de la inmediatez que busca en cada proceso eleccionario un horizonte promisorio dejado de cumplir por el antecedente cuatrienio, a pesar de las estentóreas promesas de los políticos de oficio.Hay allí, escrito en la pared, en ese trecho histórico, una constante que podemos tipificar, en el lenguaje del inconsciente colectivo de la sicología jungiana, con el mote de deseo de cambio.En esa búsqueda por un mejor Puerto Rico, una masa inescrutable, que atraviesa posturas e intereses de clase y diferencias ancestrales, conviene, en la magia de las categorías jungianas, en trastocar con su voto, el presente aciago.Aquí, de 1992 a este Sol de jolgorio navideño, ni ha ganado el PNP, ni ha triunfado la Pava. Lo que sí existe es un sólido partido, el partido del cambio. Este partido, construido sobre la endeblez de la esperanza, utiliza la fuerza del voto a uno y otro partido cada cuatro años, con el falso trueque de gobierno transformar lo que, en las categorías interpretativas jungianas, intuye que no cambia. De ese ejercicio cuatrienial emerge un hecho duro como piedra. No son los partidos políticos, menos la ideología, el motor del cambio buscado por ese pueblo esperanzado. No. Por contrario, es la premura. Es el presentimos, esa conciencia de la angustia del instante que se vive y que se sufre, el que conmina al asalto eleccionario. Con su lanza quijotesca, este pueblo irredento, se avitualla con su voto en pos de la mudanza. Y, una y otra vez, como Cristo de Semana Santa, es conducido al martirologio y muerte de la promesa. En esa procesión quedan, a la vera del camino, las ideologías y las estructuras partidarias como instrumentos para llamar al cambio. Más que una victoria de éste u otro partido lo que acontece, en verdad, es la lúdica ocasión por un anhelo inmediato de salida del atolladero. Y esa ilusión de pueblo manso permanecerá deshecha, y sin posibilidades, por un par de realidades que debemos afrontar con madurez. De entrada, el coloniaje como estructura institucional para el desarrollo económico de Puerto Rico, en el nuevo orden global, es un estorbo que hay que remover con premura; luego, el proyecto social por un Puerto Rico más justo, ecológico y participativo encuentra, como piedra en el camino, dos fenómenos más o menos identificados por el pueblo. Primero, mientras ese partido que surge del imaginario colectivo, afanado por la luz de un futuro menos desesperanzador, vota; hay otro partido, clasista, que de manera simultánea, manda. Este otro partido representa los intereses de una clase social que se desdobla, en el mísero escenario del poder político colonial, entre propietarios del capital y políticos de oficio, esa otra nueva clase política. Tan pava y penepé, como el partido del imaginario pueblerino, ese partido de clase, con sus personajes e instituciones, ha endilgado de 1980 a esta parte al pueblo trabajador la ideología de la privatización y la desreglamentación, y, desde antaño, a asalariados y sectores del pueblo no asalariados, la cultura de la representación política. Asimismo, reedita y remacha, con jerga retocada, el coloniaje. Uno, bajo la mentira de una soberanía del pueblo, acepta con desparpajo el mando de los federales; el otro, con el refrito de unión permanente, mientras la estadidad bosteza, busca gobernar en el contexto institucional del coloniaje. Entre ese partido del imaginario colectivo y el otro clasista emerge, como fuerza mediadora, una clase política, con infraestructura erigida en el manejo del presupuesto y su lógica de poder asentada sobre la base de la representación política. Si bien el Estado en el coloniaje es un espantajo, lo cierto es que los actores del capital y los personeros de la clase política terminan por dominar la toma de decisiones y las determinaciones de política pública mediante el control de las tres ramas del gobierno colonial. Segundo, en esas esferas del poder político posible, en ese ejercicio del poder dentro de los límites del coloniaje para asuntos internos que no contravenga la esfera del poder federal, la esperanza de Puerto Rico por el desarrollo económico, político y social ha sido relegada por las exigencias de un nuevo andamiaje del mercado mundial. En ese entorno global, Estados Unidos ha entregado, por conducto de pactos comerciales con otras naciones soberanas, las ventajas que hasta 1989 disfrutaba ese malnacido del coloniaje bautizado como estado libre asociado. Hoy para integrarse a este mundo globalizado, para una nación darse la oportunidad de desarrollo económico, la soberanía es un prerrequisito. Este pueblo, en su vieja tarea de condenado, como en Sísifo, recibe de las falsas idolatrías del coloniaje pepediano y de la estadoidad neopenepeista la estadidad, esa otra quimera, ha pasado al olvido y de esos otros falsos dioses del engaño, los políticos de oficio y sus partidos clasistas, una esperanza inútil, pero siempre renovada. Para los parricidas y fratricidas políticos, la política es siempre una correlación de fuerzas; para el poeta, un hosco gusano. Ente uno y otro, ese hombre de carne y hueso de envoltura unamuniana, la política se debate entre la angustia cotidiana y la esperanza, siempre a futuro, de cambio. Entonces, no hay por qué subestimar la búsqueda desesperada del pueblo por mejorar de inmediato su nivel y calidad de vida, mediante la alternancia al poder del espejismo de ese otro partido, imaginario, en que conciben la pava y la palma.Es precisamente ese nivel de concreción y ese anhelo de cambio inmediato el punto de partida para propuestas de desarrollo económico, político y social que engarcen el diario vivir de este pueblo con la superación del coloniaje y del capitalismo.Afirma un amigo ponceño que nuestro independentismo se autocomplace con sus convocatorias y asistencias a efemérides patrias, pero olvida que ese trabajo de inmersión en la dura cotidianidad del pueblo trabajador y de la vida comunitaria, como la insistente gota en la testaruda piedra, es el escenario obligado para el trabajo paciente y de organización que derive en un verdadero cambio, en el cual sea nuestro pueblo, de manera directa, el principal protagonista.Mientras, ajenos a las comunidades y al taller de trabajo, opongamos ideologías y soluciones abstractas a los problemas de desempleo, salud, educación, corrupción, descomposición social y a las crisis del coloniaje y del capital, aquellos del partido único del capital y de la clase política, estarán ocupados, como nos dice Eduardo Aute: Míralos, como reptiles,al acecho de la presa,negociando en cada mesa, maquillajes de ocasión;siguen todos los raílesque conduzcan a la cumbre locos porque nos deslumbre su parasita ambición.
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