El independentismo
Claridad en la Nación
Francisco A. Catalá Oliveras/Especial para Claridad
Ni el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) quedó inscrito, como querían unos independentistas (entre los que estaba el que suscribe) ni triunfó el Partido Popular Democrático (PPD), como querían otros. Tampoco, valga hacer constar, han avanzado los que predican la abstención. La abstención electoral responde eminentemente a la apatía, al escepticismo y a otras tantas razones, pero no constituye una impugnación al orden colonial. Ni mucho menos han cuajado condiciones para los que todavía sueñan con utópicas gestas revolucionarias.El independentismo, como fuerza política, está moribundo, sin que la inminencia de su muerte sea la cuota que se paga por haber vivido a plenitud. Se desmorona por debilidad organizativa, por confusión ideológica, por una asfixiante tradición de autoritarismo y por su crónico fraccionamiento. Su agónica existencia, tanto en el frente electoral como fuera de éste, podría prolongarse pero no dejaría de ser lo que es, agonía, mientras insista en mantenerse como una serie de logias enajenadas del país en lugar de un movimiento político vinculado al pueblo que se quiere reivindicar. Ya resulta insoportable el patético intercambio de insultos entre estas logias.Durante los últimos años el independentismo, al menos el que más habla, se ha deslindado en dos campos: los acusados de “cargarles las maletas al PNP” y los acusados de ser “rabizas del Partido Popular”. Con semejantes “mensajes” ningún movimiento político puede avanzar. De la miasma colonial nacen innumerables racionalizaciones y espejismos políticos en los que los delirios alucinantes se confunden con articulación de estrategias y las gestiones improvisadas, desesperadas u oportunistas se toman por alianzas legítimas. De tal espectáculo se desemboca en un balance político negativo: se pierde terreno en el campo de lo sustantivo y no se gana nada en el de lo procesal.La gran paradoja es que el debilitamiento del independentismo ha coincidido con un marco de “condiciones objetivas” cada vez más favorable a la ruta de la independencia. La concepción de nuestro país como bastión militar en una torcida polarización dictada por la Guerra Fría se debilitó. El “privilegio” de acceso al mercado de Estados Unidos se lo han estado tragando los tratados comerciales. Las concesiones fiscales (como la Sección 936) han quedado sepultadas bajo las prioridades tributarias y políticas de Wáshington. Mientras tanto, en el mundo europeo, asiático y latinoamericano, con los vaivenes y contradicciones de rigor, se han multiplicado las avenidas de desarrollo bajo la cobija de complejos y dinámicos tratados internacionales. Por su parte, el orden colonial de Puerto Rico, en desfase con el mundo, está en franca descomposición. El estancamiento económico durante varias décadas, ya traducido en cruda contracción, es evidente. A éste le acompaña un creciente proceso de resquebrajamiento social. Nadie que tenga un mínimo de pudor puede exhibir al maniquí en la “vitrina”.Ahora es más fácil percibir la necesidad de la conquista de poderes como condición necesaria para nuestro más pleno desarrollo. Pero esto no es suficiente. La suficiencia se la tiene que dar la gestión del pueblo de Puerto Rico. La unidad de Puerto Rico con el resto del mundo, la conquista de una verdadera interdependencia equilibrada, requerirá de muchos remeros. Hay que aprender a remar juntos en la dirección correcta.La organización política constituye un imperativo si se quieren encauzar tales aspiraciones. Ignoramos qué formas asumirá. Ni siquiera sabemos con certeza qué formas debería asumir. Pero algunas cosas lucen evidentes. De contar con una franquicia electoral, ésta debe ser parte integrante de un movimiento social amplio. Además, la primera batalla que hay que ganar contra el sistema colonial se da en el terreno de las ideas. Éstas tienen que estar en correspondencia con la realidad. La utilización de la ficción como refugio no es buena política. Tampoco la escaramuza política cotidiana es un refugio sano. De ésta la cuota ya es excesiva. También hay que cuidarse de las verdades inmutables, provengan éstas del “santoral patriótico” o de “líderes iluminados”.La gestión libre y creadora presume tolerancia y respeto al pluralismo. Esto no debería ser tan difícil. Ni se necesitan héroes ni, mucho menos, egos desmesurados. Basta contar con hombres y mujeres normales capaces de forjar buenas instituciones.
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