dissabte, 4 d’octubre del 2008

Filiberto Ojeda Ríos: ¡Presente!












En Rojo
Perla Franco / Claridad
A tres años del asesinatoHan pasado tres años y todavía se ve la mancha de sangre que derramó entre la puerta y el piso donde el FBI lo asesinó. La ventana de la cocina continúa perdiendo los pedazos de cristal por donde alegadamente entró el disparo mortal del francotirador de falso nombre … “Brian” , aquel 23 de septiembre. La casa sigue igual desde entonces. Aún se ven desde afuera los disparos en la pared del fondo del pasillo contiguo a la cocina.,Adentro, donde a manera de excepción nos permitieron entrar, claramente se perciben los disparos en el techo de la sala, en las paredes de la cocina... en la pared del fondo de la casa…
La nevera ya enmoheció. Los huecos que marcaron cada tiro, especialmente el que se cree lo alcanzó en la clavícula de su lado derecho, aún sigue marcado I 85.Luego de la cocina está el baño; intacto. No tiene rastros de disparos. Hasta allí no llegaron a pesar de que la única ventana que tiene da al pasillo exterior que los agentes federales llenaron de tiros y que entonces y ahora sobre ella tiene por techo tubos de hierro y no cemento.Después se encuentra la única habitación que tiene la casa. Allí tampoco se observan marcas de balas. La cama sin vestir mantiene a ambos lados dos mesas color marrón oscuro. A su lado, una máquina de hacer ejercicios. Al frente, un clóset hecho en paneles pintado de blanco y dividido en tres secciones, sobre el que se encuentra un televisor. La puerta queda de frente a la puerta de entrada; y al lado de la del baño.Como si faltara una pared que nunca estuvo en la habitación, la divide de lo que era un lugar de trabajo, un ancho arco, una mesa larga de madera oscura sobre la que se encuentran tres canastas grandes. Unos cuantos ganchos a través del arco parecieran la evidencia de que allí pudo haber una cortina que sustituyó la pared.Al cruzar el arco se encuentran dos grandes escritorios colocados en el centro de ese espacio. En una de las paredes, la del fondo de la casa, ubican tres grandes armarios de dos puertas cada uno, que colocados juntos ocuparían casi toda la pared. Ahora están despegados de la pared, abiertos y vacíos. La pared contigua da a una pequeña ventana doble que resulta ser la pared izquierda de la casa. A cada lado de la ventana tres tablillas. En la esquina, al extremo, un gran archivo en metal.Entonces pasamos a la sala. Es una sala comedor. Allí están los muebles, todos en ratán o madera. Dos sillones. Uno de ellos de madera y pajilla al que le han colocado una pequeña bandera de Puerto Rico en el espaldar. El otro sillón está a pasos de ése. Es también en madera con el asiento en tela color crema.Todo lo demás aparece amontonado como en las casas desocupadas pero llenas de recuerdos. Varios abanicos de piso, una pequeña mesa plegable, un televisor pequeño, dos quinqués, una planta de luz, varias butacas y sillas de comedor, un par de cajas plásticas cerradas, dos mesas de comedor, un par de toallas, -una azul y otra rosada-, algunas velas de distintos tamaños, una alfombra pequeña de baño ... De repente, un crucifijo aparece en una de las mesas colocadas en la esquina de la sala que da hacia el frente de la casa y que tiene como pared bloques de cristal en forma de L. El crucifijo es en madera. El cristo crucificado color dorado. El piso de toda la casa es en loseta rústica terracota excepto en la cocina que es de color azul oscuro con destellos verdes. La estufa es amarilla. Tiene todos los gabinetes blancos abiertos y vacíos. El fregadero no tiene el grifo. La puerta que da al pasillo tiroteado está tapiada con pedazos de panel.El recorrido que dimos por la casa nos vuelve a llevar frente a donde estuvo el charco de sangre y su cuerpo desangrándose por horas. La puerta guarda los orificios de varios disparos. Es inevitable imaginar cómo sucedió todo. Cómo lo alcanzó el disparo que lo mató. En qué momento lo arrastraron ya herido como evidenció la foto publicada inicialmente por el Diario La Prensa que mostró el rastro de sangre en el piso trazando la marca de un cuerpo arrastrado. Inevitable resultó también recordar la foto en la que aparecía muerto, allí mismo donde ahora estaba yo parada, con su ropa de camuflaje y sus botas militares. Y se siente un escalofrío que recorre todo el cuerpo.Listo para el combate lo encontraron. Preparado para la muerte tal vez anticipada por él durante los 15 años que se mantuvo en el clandestinaje. Allí lo asesinó el FBI. Allí lo dejó morir desangrado. En su casa, entre sus cosas, sin nada que haya probado hasta ahora que lo pretendían arrestar como alegó el jefe del FBI en Puerto Rico Luis Fraticcelli; sino con la evidencia cada vez más contundente del asalto a tiros a su casa, su cuerpo, sus cosas. Allí se cruzan el recuerdo y la realidad. El silencio ocupa el espacio y su ausencia.Llegó el momento de salir de la casa que amablemente nos permitieron observar a solas. Afuera se escuchan las voces de los niños que junto al grupo Proyecto Jíbaro, -impulsadores de la siembra de huertos caseros como forma de autogestión,- realizaban ese día como parte de la Jornada Filiberto Ojeda Ríos de este año, un huerto casero que llevaría su nombre. Una siembra de flores cercana llevará también el nombre de su compañera Elma Beatriz Rosado; quien estuvo en el lugar y se le observó mirando de lejos la casa mientras los niños sembraban.El sol brilló impunemente esa mañana y esa tarde. El calor anticipaba la tormenta que unos días después inundó gran parte de la zona sur de Puerto Rico. En esta Isla caribeña, donde las emociones tienden a ser siempre intensas, la naturaleza parecía unirse a los recuerdos del lugar mezclados con la esperanza del mañana; los niños y niñas que corrían por el lugar y que en un momento gritaron: ¡Viva Filiberto!